Por qué el exceso de preparación está empobreciendo la experiencia infantil de juego infantil

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En los últimos años, el juego infantil ha sufrido una transformación silenciosa. Lo que antes era un espacio abierto, espontáneo y lleno de posibilidades, ahora parece cada vez más condicionado por la estética, la puesta en escena y la obsesión del adulto por “prepararlo todo”.

Bandejas perfectas, rincones temáticos impecables, materiales de diseño… Todo muy bonito para la foto.

El juego libre no necesita decorado. Necesita tiempo, espacio y materiales que no digan qué hacer.

Cuando el adulto prepara demasiado, limita sin querer. Cuando el material está demasiado definido, la imaginación se reduce. Cuando todo está previsto, desaparece la sorpresa.

Los objetos simples —telas, cajas, piedras, cucharas, envases— permiten algo que ningún material elaborado puede ofrecer: la posibilidad de convertirse en cualquier cosa. Ahí está la magia del juego libre. Ahí está la creatividad real.

Quizá ha llegado el momento de dejar de preparar tanto y observar más. De confiar en que el niño no necesita un escenario perfecto, sino un mundo abierto que pueda transformar con su mirada.

Menos es más. Y en el juego, muchísimo más.

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